Ingrid Falla, defensora de animales contra viento y marea


Ingrid Falla es la directora y fundadora de Aprofac (Asociación Protectora de la Fauna Colombiana).

Ha superado retos y enemigos por su causa, por eso hoy que su fundación atraviesa una crisis económica ella persiste en la lucha contra la crueldad.

Ingrid tiene una cara cuadrada y unas facciones más bien angulosas. Parece dura. Quizás porque defender animales no es sencillo, porque ponerle el pecho a la crueldad requiere de fortaleza, porque enfrentar a alguien que es capaz de romperle a golpes la cadera a un caballo y que luego dice que va por ti, endurece, saca músculo, callo y coraza y, de alguna manera, hace comprender que los animales no son precisamente los que caminan en cuatro patas.

Ella es la directora y fundadora de Aprofac (Asociación Protectora de la Fauna Colombiana), una mujer a la que si se conoce con distancia, se podría pensar que es bloque de hielo: dura, pero indudablemente transparente.

Adentro de la casa, en el barrio La Palestina en Bogotá, donde funciona Aprofac, hay poco lujo. La primera en salir es Pecas, una perra mezclada de dálmata y otras razas inciertas, que busca las caricias del recién llegado. Detrás emerge Ingrid, que ya no parece tan ruda, sino que tiene un halo maternal.

Se arregló para las fotos, se aplicó un poco del maquillaje que nunca usa, resaltó sus ojos verdes y profundos y sonríe, mientras su madre, su cuñada y su nieta (de menos de un año) almuerzan al fondo.

Más allá, Kathy Paola y Canela Patricia, otras dos perras rescatadas, inspeccionan con su olfato el aire nuevo. Los pájaros en algún lugar de la vivienda hacen una barahúnda de silbidos.

Líder de la lucha a favor de los animales

Ingrid, que estudió secretariado ejecutivo, hoy es una de las más activas defensoras de animales. De su niñez recuerda el programa Naturalia y las miles de cartas que enviaba a EL TIEMPO con denuncias sobre maltratos y a sus abuelos alemanes que llevaban perros a la casa y el afecto que le producían aquellos seres, a los que la gente aterrorizaba y golpeaba. Por eso, desde muy temprano tuvo claro que esto era lo suyo, aunque la vida parecía ponerla en otros escenarios, pues no solo se preparó para ser secretaria, sino que también fue modelo de fajas para adelgazar.

Fue precisamente cuando trabajaba como modelo cuando el destino la puso en el camino que siempre quiso, pues fue su jefe quien la llevó y conectó con la ADA (Asociación Defensora de Animales y del Ambiente). Allí, esta mujer se ofreció como voluntaria y con el tiempo terminó como inspectora de bienestar animal, donde presenció todo tipo de escenas de vejaciones a animales domésticos y a la fauna exótica. Vio cómo la crueldad y la codicia generan una industria oscura que comercia con la vida.

Pero hace 17 años terminaron momentáneamente sus días como defensora de la fauna, pues en una inspección a un perro maltratado, el animal la atacó y le mordió la cara. Ingrid hace una pausa y señala con el índice la pequeña cicatriz bajo el labio, que conserva pese a que se sometió a una cirugía reconstructiva. Parece que todavía le duele.

"En ese momento no quería saber nada de animales", dice con una sonrisa que indica la mentira que se dijo a sí misma, con una sonrisa que hace juego con la rascada detrás de la oreja a esa perra que recogió hace un tiempo y que minutos antes le había saltado encima.

Pero volvió. Un par de años luego del incidente ya estaba de nuevo intentando liberar a un puma que se vendía en el mercado negro por 60 mil pesos. En ese momento decidió comenzar su propio camino y quiso crear una organización más práctica y efectiva, que se rigiera bajo otros parámetros.

El nacimiento de Aprofac

"En 1992 se fundó esta institución, en la que la intención es también hacer un trabajo más social, con educación y varios servicios gratuitos para los animales", de esta manera explica los inicios de Aprofac.

Saca un par de gruesos álbumes de fotografía y un musculoso folio de recortes de prensa que atestiguan su largo recorrido.

"Dentro de las cosas que hacemos están las jornadas para atender a los animales de las personas que sufren alguna enfermedad terminal, también está 'el perro ñero' o el 'domingo del caballo', en donde vacunamos y les damos cuidados a los perros callejeros y a los caballos de los zorreros, además de capacitaciones para los dueños", dice. También organizan operativos junto a la policía para controlar el tráfico de especies y rescatar animales de los maltratos de sus dueños.

Al abrir el álbum y las imágenes son atroces. Es una compilación de bajezas de la gente. Ingrid explica cada caso: un tigrillo amarrado al que le dispararon perdigones, una nutria enferma y un león con osteoporosis en un circo. Todos rescatados por ella. Pero este es el abrebocas, porque la tortura no conoce límites. Luego muestra a un burro quemado en su parte de atrás y aún vivo, a los caballos descaderados a causa de los golpes de sus amos, los mataderos en que los acaban a hachazos a los equinos, a decenas de perros mutilados. En ese momento viene la arcada, que interrumpe esta galería del horror, que incluye hasta casos tan absurdos como un puma en un jardín infantil de Bogotá. "¿Sí se da cuenta cómo es la gente?", pregunta entre triste e impotente.

"Pero yo no voy a parar", resalta con aire renovado. Aunque toda esa labor le valiera dos atentados por parte de los dueños de las llamadas zorras y decenas de amenazas. Hoy en Aprofac hay 20 voluntarios del Banco de tiempo de la Universidad Militar y otras 60 personas aportando tiempo e ideas. Sin embargo, lo que no hay son recursos.

Con un lote en Villeta al que se envían los perros recogidos, el alimento y la medicina para los animales, las cuentas por pagar propias del día a día de la asociación, Ingrid encara deudas que sobrepasan los nueve millones de pesos, pues las donaciones que reciben son escasas.

Esta mujer está en la pelea. Aunque siempre  hay problemas, la economía no ayuda y hasta se ha contagiado con sarna y toxoplasmosis. Si le preguntan por la posibilidad de acabar Aprofac, ella dice con los ojos a punto de lágrima: "Aprofac se acaba cuando yo me muera".

Ella no es dura, es comprometida, y ese compromiso ha significado la diferencia entre la vida y la muerte de miles de animales. Y que lo digan sus perras que pasaron de tener una existencia bastante triste a ser las consentidas de la casa. Es verdad, vale la pena seguir en pie.

Fue precisamente cuando trabajaba como modelo, cuando el destino la puso en el camino que siempre quiso, pues fue su jefe quien la llevó y conectó con la ADA (Asociación defensora de animales y del ambiente). Allí, esta mujer se ofreció como voluntaria y con el tiempo terminó como inspectora de bienestar animal, donde presenció todo tipo de escenas de vejaciones a animales domésticos y a la fauna exótica. Vio cómo la crueldad y la codicia generan una industria oscura, que comercia con la vida.

Pero hace 17 años terminaron momentáneamente sus días como defensora de la fauna, pues en una inspección a un perro maltratado, el animal la atacó y le mordió la cara. Ingrid hace una pausa y señala con el índice la pequeña cicatriz bajo el labio, que aún conserva luego de una cirugía reconstructiva. Parece que todavía le duele. Pecas salta a su regazo. "En ese momento no quería saber nada de animales", dice con una sonrisa que indica la mentira que se dijo a sí misma, con una sonrisa que hace juego con la rascada detrás de la oreja a esa perra que recogió hace un tiempo y que estaba desvalida.

Pero volvió. Un par de años luego del incidente, ya estaba de nuevo intentando liberar a un puma que se vendía en el mercado negro por 60 mil pesos. En ese momento decidió comenzar su propio camino y quiso crear una organización más práctica y efectiva, que se rigiera bajo otros parámetros.

"En 1992 se fundó esta institución, en la que la intención es también hacer un trabajo más social, con educación y varios servicios gratuitos para los animales", de esta manera explica los inicios de Aprofac.

Saca un par de gruesos álbumes de fotografía y un musculoso folio de recortes de prensa, que atestiguan su largo recorrido. "Dentro de las cosas que hacemos están las jornadas para atender a los animales de las personas que sufren alguna enfermedad terminal, también está 'el perro ñero' o el 'domingo del caballo', en donde vacunamos y les damos cuidados a los perros callejeros, así como a los caballos de los zorreros, además de capacitaciones para los dueños", dice, aunque la lista sigue. Pero también organizan operativos junto a la policía para controlar el tráfico de especies y rescatar animales de los maltratos de sus dueños.

Abre el álbum explica las imágenes, que son una compilación de bajezas de la gente: un tigrillo amarrado al que le dispararon perdigones, una nutria enferma y un león con osteoporosis en un circo. Todos rescatados por ella. Luego muestra a un burro quemado en su parte de atrás y aún vivo, a los caballos descaderados a causa de los golpes de sus amos, los mataderos en que los acaban a hachazos a los equinos, a decenas de perros mutilados y hasta un puma en un jardín infantil de Bogotá.

"¿Sí se da cuenta cómo es la gente?", pregunta entre triste e impotente. "Pero yo no voy a parar", resalta con aire renovado, aunque toda esa labor le haya valido dos atentados por parte de los dueños de las llamadas zorras y decenas de amenazas.

Con ganas pero sin plata

Hoy en Aprofac hay 20 voluntarios del Banco de Tiempo de la Universidad Militar y otras 60 personas aportando tiempo e ideas. Sin embargo, lo que no hay son recursos.

Con un lote en Villeta al que se envían los perros recogidos, el alimento y la medicina para los animales, las cuentas por pagar propias del día a día de la asociación, Ingrid encara deudas que sobrepasan los nueve millones de pesos, pues las donaciones que reciben son escasas.

Esta mujer está en la pelea. Aunque siempre  hay problemas, la economía no ayuda y hasta se ha contagiado con sarna y toxoplasmosis. Si le preguntan por la posibilidad de acabar Aprofac, ella dice con los ojos a punto de lágrima: "Aprofac se acaba cuando yo me muera".

Ella no es dura, es comprometida, y ese compromiso ha significado la diferencia entre la vida y la muerte de miles de animales. Y que lo digan sus perras, que pasaron de tener una existencia bastante triste a ser las consentidas de la casa. Es verdad, vale la pena seguir en pie.

La crueldad hacia los animales parece no conocer límites y los abusos no sólo involucran a los domésticos, sino también a la fauna silvestre, con la que se comercia en el mercado negro. 

S.O.S. Animal

Aprofac también presta servicios de esterilización a animales domésticos y sirve como hogar de paso para la adopción de mascotas. Además, presta capacitaciones sobre las normas de tenencia de animales en conjuntos residenciales. Hoy esta fundación cumple funciones como auxiliar de justicia y fue nombrada por el Consejo Superior de la Judicatura, por lo que emiten conceptos técnicos sobre distintas situaciones, quejas y querellas.

Tel. 535 4060



Quienes Somos
Motivos Fundación Aprofac
       Nuestros Objetivos:
Educación
Servicio Social
Operatividad
Economía
 
Como Estamos Organizados
Como Actuamos
Que Aportamos
Que Queremos
 
Lista de Correo
Nombre:   

   Email:     
 


© 09-2005, APROFAC. Todos Los Derechos Reservados